Fotografía de archivo de una lechuza común. EFE/W. García

La lechuza común, declarada Ave del Año 2018, sufre una tendencia regresiva por la despoblación del medio rural y el uso de raticidas y venenos

Silenciosa y misteriosa, es la número uno en la caza de roedores instalados en edificios urbanos o domésticos. “No hay gato como la lechuza para los ratones. Es una máquina. No hay cosa más efectiva” en palabras de Melchor Rodríguez. Es tan hábil limpiando de roedores el interior de graneros, establos y demás refugios de la ratonería que el afortunado que cuenta con este ave anidada en su propiedad alaba su labor, y quienes conocen su pericia hacen lo posible por dar entrada y cobijo a la rapaz, pues ejerce su oficio con sagacidad y sin escándalo ninguno.

La lechuza, ” Tyto alba“, ha sido declarada por SEOBird/Life Ave del Año, a través de consulta popular.

La estructura de sus rasgos faciales convierten a la rapaz en un radar de precisión para descubrir a las presas. Su hábito trasnochador y nocturno la mantienen despierta cuando más operativos están los roedores preferidos, y su amortiguado vuelo la transforma en una furtiva e inadvertida cazadora. Los ratones caen en sus garras sin darse cuenta de nada, y puede decirse que no se mueve un alma en la oscuridad que pase desapercibido para esta moradora.

Presenta un rostro cóncavo, como desfigurado, pero todo está diseñado a la perfección para que el oído y la vista perciban el mínimo ruido y movimiento. Entonces abandona el espíritu meditativo que distingue al animal y responde con una eficacia impresionante. No es de extrañar que griegos y romanos ligaran a la lechuza con el conocimiento y la sabiduría.

Es respetada en el medio rural aunque no goce del encanto físico ni mucho cantor de otras aves. Tampoco es que agraden los regurgitados de sus degustaciones (egagrópilas) consistentes en los capullos de piel y huesos desechados por ser un material no digerido.

Empero, hoy día no despierta los malos augurios de antaño y existe un grado de alta confianza entre la vecindad. Donde vive, los chavales la esperan cada noche. Y es que su existencia está asociada al ambiente cotidiano, a su servicio benefactor y, de un modo incuestionable, al estado demográfico de los pueblos.

La despoblación impacta de lleno en la supervivencia de un ave que en el medio rural creen que bebe el aceite de los candelabros. La muerte de las ganaderías y de la agricultura, y el cierre de puertas y barriadas de los pueblos conlleva la ausencia de roedores. Nada pintan los ratones en una cuadra o en un corredor si no hay ni un grano, ni un fruto, ni una brizna que roer. La ausencia de personas, niños y dulces deja las estanterías vacías y aleja de inmuebles y callejeros a decenas de comensales que viven de los hurtos y del apaño gastronómico de los restos. En consecuencia, la lechuza común se suma a la avifauna que pierde plaza y medio de vida cuando se deshabitan las aldeas y los núcleos humanos.

“Hay una simbiosis del medio rural y la lechuza. El topillo es un filón, pero lo hay cuando lo hay” expresa Antonio José, de la Asociación Zamorana para la Defensa de la Caza y de la Pesca.

Para desgracia del ave, abundan los vecinos que recurren a los raticidas para combatir a los ratones caseros y, antes de cerrar las puertas e irse, diseminan por todos los rincones y bajo armarios y arcones platos colmados de veneno y de letales cebos tóxicos. Las víctimas de estas malas prácticas son luego devorados por la lechuza con la consiguiente repercusión. Un peligro que se acrecienta cuando se lucha en el campo y en las cunetas de las carreteras contra las denominadas plagas de topillos sin escatimar en kilos ni en cargas de veneno. El delito humano y administrativo puede fulminar a las lechuzas, provocar su incapacidad para la reproducción o malbaratar la eclosión de los huevos.

Ave de campanario, en estos santuarios eclesiásticos halla la lechuza un lugar idóneo para vivir con el aire monacal que proyecta la especie cuando se dedica a la observancia. Sin embargo, también sufre la tendencia creciente de cerrar estos lugares con mallados para impedir que se conviertan en sucios palomares. Pierde de este modo otro excelente campamento urbano de nido y crianza.

La lechuza común convive con el hombre sin mostrarse ni molestar en todo el día. Solo al llegar la noche, y como despertada por los murciélagos que salen como lobos a la capturas insectos, surge de su camerino para darse a conocer con un canto lúgubre y un repetitivo soplido nada agradable. Es un canto de alerta o de aviso

Muestra, cuando se deja ver, un aspecto de ave pacífica, con una cara redonda y de ojos grandes e inteligentes, propios de la verdadera cazadora.

Su presencia en los cascos urbanos es siempre seguida con cierto interés. No se entromete con nadie y nadie, por lo general, se mete con ella. La lechuza común sale adelante por sus propios méritos, y no lo tiene fácil. En sus andanzas nocturnas, allí donde busca la ceba en el campo, es víctima del tráfico rodado y todos los años hay registro de muertes en los asfaltos. No es raro encontrar sus cuerpo tendido en puntos próximos a las cunetas de cualquier punto de la provincia de Zamora.

Es una especie que gozó en tiempos del románico y del gótico de una reputada consideración, de ahí que aparezca representada en los canecillos y en los capiteles.

Hoy es bienvenida, por ejemplo, en Gáname de Sayago. La guardería medioambiental dispuso hace unos días un nido en un poste para que esta huésped disfrute de un hogar confortable y siga formando parte de la población.

 

Fuente: laopiniondezamora.es

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