En un monte boscoso, perfumado por lilas y lavandas, un halconero caminaba ensimismado en su labor mientras el día moría entre matices de durazno y sombras de faunos bucólicos, huidizas, misteriosas.

Su cuerpo ya cansado ansiaba la caricia del reposo, el exquisito olor del caldo, el sabor del pan caliente, el color del queso y la miel, y el divino regocijo del vino de la tierra. Tomó la bota que pendía a su derecha y bebió las últimas gotas de hidromiel.

En lo alto del cielo dos halcones volaban sobre el solitario halconero; dos halcones hembras de fascinante planear y enérgico batir de sus alas poderosas, de brillante plumaje gris pardo y azur.

Desde el alba que a su espalda se perdía, el halconero a los halcones perseguía, cruzando valles, praderas, arroyos y laderas, en larga, interminable, extenuante cacería.

Como si con él jugar quisieran, los halcones durante toda la jornada se escondieron en las nubes, bajaron a los bosques, dibujaron círculos y esferas en la bóveda celeste.

Ya pisando la antesala del ocaso indefectible, el halconero un hombre vio, que andando quedamente, hacia él se dirigía. Pronto ante sus ojos el extraño se situó, con el rojo atardecer como idílico y fantástico escenario de un teatro que hace mucho ya nada representa.

—Buenas tardes, caballero —pronunció así el halconero.

—Buenas tardes, halconero —respondió el forastero.

—¿Cómo sabes mi labor, si mi existir jamás ha ocasionado que me cruce en tu camino, y mas sólo es ésta la primera vez que yo te veo, y en fortuito encuentro es que hablando estoy con vos?

—No hace falta conoceros —dijo pronto el forastero— para ver y comprender vuestra difícil profesión.

—¿Es que acaso un dios, un brujo o un augur se esconde debajo de tus ropas y, acechando, las almas de los hombres desnudas sin pudor?

—Soy simplemente un hombre que vuestra misma pasión siente y persigue divinidades envueltas en plumaje.

—¿Entonces eres cazador?

—Desde niño persigo el origen de mis sueños, y así mi vida entera dediqué al complejo arte de las águilas cazar.

—Pues como vos ya lo advertiste, halconero es que me llaman y halconero es que yo soy. Y ahora quiero preguntarte, ¿por qué águilas, que son de las alturas las monarcas? ¿Por qué la empresa más penosa, habiendo otras criaturas de plumaje encantador y de aún más bello canto?

El halconero y el cazador de águilas a caminar comenzaron, y desde lejos veíanse, en la inminente oscuridad, como dos viejos amigos que después de un largo viaje platican largamente de pasadas aventuras.

—Déjame, halconero, que te cuente mi razón y luego si deseas formula tus preguntas, todas las que quieras, pero ahora escúchame, que la noche se aproxima.

“Como ya te dije antes, a mis sueños yo persigo aunque nunca los alcance, aunque las fuerzas me abandonen y casi muerto llegue al alba. He aprendido a renacer y las fuerzas retomar, a la vida domo a diario, y a la muerte, por las noches, los consejos he robado. Y ahora he de contarte la razón fundamental de mi oficio, que es a mi vida como el rumor al vendaval. Las águilas persigo viajando por las tierras, trepando las montañas, cruzando los abismos, saciando la sed interminable de mi espíritu resuelto. A lo largo de mi vida jamás las he alcanzado, a ninguna ni siquiera pude dar alguna vez la esperada cacería. Pero en silencio, y con el tiempo como aliado, su más íntimo secreto furtivamente yo he tomado.

Ah, mi noble halconero, este hombre que te habla, de las águilas el vuelo por fin ha descifrado. En lo más alto del cielo, más allá de donde vuelan tus halcones, allí donde mis águilas reinan y gobiernan, está el mundo de mis sueños, y su nombre te daré…”

Ya en la profunda oscuridad, el halconero interrumpió el mágico relato:

—Perdona forastero de las águilas, pero no quiero ni deseo escuchar el nombre arcano, que mañana cuando el sol nazca, a mis halcones he de escuchar sin que nada me distraiga.

—Es medida tu sentencia, halconero, y he de obedecerte. Además, la noche ya ha caído y es de este cazador muy largo su camino.

El halconero se apiadó y en un susurro ofreció:

—Cerca está mi hogar, y lo puedo compartir…

—Gracias, halconero, pero a diferencia de tu oficio, yo en las noches no descanso, y las águilas tampoco en sus nidos solitarios buscan manto.

—Entonces buenas noches, cazador de águilas y sueños, que algún día llegues a la más alta montaña y por fin junto a tus águilas feliz puedas descansar.

—Buenas noches, halconero, y que pronto en la mañana, liviano y renovado, tus dos halcones hembras persigas por los prados; y que ellas vuelen alto, y que canten, y que muestren el azur de su belleza, y vos, infatigable halconero, el cenit de tu existencia y tu sueño más preciado.

El halconero y el cazador de águilas se despidieron esa noche y nunca más volvieron a encontrarse. Pero cuenta la historia, que tiempo después, el halconero al fin a los halcones del mundo entero fieles compañeros hizo. Al más fiero domesticó y al más frágil instruyó. Se dice que antes de morir este halconero, un águila en círculos voló, hasta que las nubes la ocultaron lentamente, y al caer la tarde de verano, junto a una fina llovizna de lavanda la voz del águila temblar los cielos hizo, mientras dos halcones hembras, en el monte y en silencio, hubieron de llorar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.