halcón peregrino

Los lances de caza del halcón peregrino se repiten cada día sobre los tejados de la ciudad

(Articulo original de Antonio Sandoval Rey para La Voz de Galicia)

Una de las experiencias sonoras más impactantes de mi vida como naturalista urbano tuvo lugar en el muelle de trasatlánticos, cuando todavía se podía pasear por allí. Estaba yo enfrascado en el estudio del plumaje de alguna gaviota, cuando una nube oscura y veloz se me echó encima con un rumor apresurado y denso.

Según bajé los prismáticos, me vi en mitad de una catarata de estorninos que se precipitaba desde el cielo para volar muy cerca del suelo en dirección a los yates del Real Club Náutico. Entonces escuché algo más. Era un zumbido concreto, creciente y desbocado que caía directo hacia mi nuca.

Mi cerebro reptiliano encogió al instante mi silueta para eludir lo que sonaba a choque inminente y devastador, al tiempo que mi intuición pajarera giraba mi cuello, curiosa por lo que se me venía encima. El halcón peregrino pasó a pocos centímetros de mi rostro asombrado. Durante unos nanosegundos que nunca olvidaré, mis oídos escucharon la vibración salvaje de cada una de sus plumas según rasgaban el aire. La catarata de estorninos trazó una vertiginosa curva ascendente. También el halcón, tras ellos, con un gesto rápido de las alas que parecía un regateo burlón a la ley de la gravedad.

En sus espectaculares picados, estas aves llegan a superar los 300 kilómetros por hora, lo que supone el récord absoluto de velocidad en corta distancia entre las aves. Desde un punto de vista histórico, se ha escrito mucho más acerca de la forma de cazar de esta rapaz que sobre las hazañas de Usain Bolt en los 100 o 200 metros lisos. Para varias tribus nativas de América del Norte, el halcón era el ave del trueno. En el Egipto antiguo, Horus, dios del cielo, la guerra y la caza, era representado con cabeza de halcón. Etcétera.

Un largo etcétera que incluye también un período negro, fruto de la ignorancia y la avaricia humanas. Hace medio siglo, el abuso de los pesticidas químicos bioacumulativos ocasionó el desplome de las poblaciones de este superdepredador aéreo en ambas orillas del Atlántico. Fue un serio aviso a lo que nos podría suceder a los humanos. Así que se prohibió primero el DDT y después, entre otros, el dieldrin, ese otro organoclorado que transportaba el Erkowit cuando se fue a pique frente a Bastiagueiro en 1976. En paralelo, por entonces y aún hoy es necesario vigilar sus nidos para evitar el robo de pollos, cuyo tráfico ilegal ha provocado numerosas actuaciones del Seprona.

La técnica de caza

Tras un vuelo de remonte que le lleva muy alto sobre las azoteas, el halcón inicia su acecho a las aves que vienen y van bajo él. Cuando descubre un ejemplar que le parece más fácil de capturar, pliega por completo sus alas y se lanza como un bólido. El choque final suele ser desde abajo, tras una ligera curva ascendente. Entonces abre sus garras y atrapa a su presa. O falla, que es lo más habitual. Sea como sea, nuestro asombro está garantizado.

Cómo ver halcones

Hay que mirar al cielo desde algún espacio abierto al amanecer y al caer la tarde. Recuerda que solo son algo mayores que una paloma.

En María Pita

Para zamparse a sus presas, eligen atalayas despejadas, como los pináculos del Ayuntamiento.

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