Otto Bell presentó el año pasado un excelente documental sobre una niña de Mongolia que quería seguir la tradición de sus antepasados de cazar con águilas reales, algo reservado solo a los valores. La película, pese a una fotografía brillante y un gran argumento, fracasó en los Oscar.

Cuando yo era pequeño, y todo esto era campo, no puedo ni explicar con palabras cómo nos emocionábamos con la película de Rutger Hauer, Lady Halcón. El gran Richard Donner en 1985 presentó este título y Los Goonies. El también autor de La Profecía, Superman, Arma Letal o Los fantasmas atacan al jefe es uno de los mayores culpables de que la generación de niños nacidos en los 70 se comportasen desde su adolescencia en los 90 como genuinos ancianos todo el día dando la chapa con que “ya no hay películas como las de antes”, para crear en la edad adulta un imperio de la nostalgia ochentera que lleva ya 18 años de dominación. Batida ya la marca del III Reich, la nostalgia ochentera desafía ahora la marca de treinta y algo años en el poder de Stalin.

Sin embargo, no faltan pruebas constantes de que el presente es mejor que el pasado y de que toda nostalgia insistente no es más que un billete de ida hacia la melancolía y, por qué no, la estupidez satisfecha. Una prueba es el documental The Eagle Huntress que, convencido estoy, si lo hubiese visto de niño en los 80 me habría quedado completamente fascinado.

Atraído por unas fotografías

El director Otto Bell vio un día un ensayo fotográfico sobre Mongolia del israelí Asher Svidensky para la BBC. Las imágenes contaban la historia de una niña de 13 años a la que su padre le había enseñado a cazar con un águila real. Sería su sucesora, puesto que se trata de una tradición ancestral que pasa de padres a hijos.

Bell se quedó enamorado de las localizaciones. Le pidió un crédito al banco, a un interés bastante alto, recuerda http://spindlemagazine.com/2016/12/interview-the-eagle-huntress-director-otto-bell/, cogió todos sus ahorros y se fue “al rincón más remoto del país menos poblado del mundo” a rodar a los kazajos del noroeste de Mongolia a menos 40 grados.

El documental comienza con la liberación de un águila de caza. Según explica el padre de la niña, Agalai, la tradición dice que a los siete años, las águilas deben recobrar la libertad. El hombre sube a un risco, mata a un cordero, se lo deja allí abierto al águila, que se da un festín, y se marcha no sin cierta pena por perder a su compañera.

 

Caza de zorros

Este hombre, siguiendo los pasos de su abuelo, que a su vez hizo lo propio con sus antepasados, caza con águilas reales. Ha ganado títulos y premios por todas partes atrapando zorros con este método cinegético. Sus pieles tienen gran valor en Mongolia para vestirse y soportar las bajas temperaturas.

Agalai quiere que su hija siga también sus pasos, pero la comunidad local se opone. Una niña, dicen los ancianos entrevistados por Bell, lo que tiene que hacer es “ordeñar vacas y hacer queso”. La cría, sin embargo, mantiene su convicción de que “las niñas pueden hacer lo mismo que los niños si lo intentan”. Y se adentra en la aventura de amaestrar un aguilucho para demostrarlo.

Robo del pollo

En unas escenas bastante bonitas y emocionantes, la cría baja por una pared vertical escalofriante y roba un aguilucho de un nido en un saliente de la roca. Lo tiene que hacer muy rápido, puesto que la madre está volando en círculos sobre ella. Mete al pájaro en una bolsa y escapa. Esa cría, desde ese momento, no se separará de ella. Su padre le dice cuando finaliza la hazaña: “Fuiste tan valiente como cualquier hombre”.

A partir de aquí, la película se centra en cómo Aisholpan fortalece el vínculo con su águila y trabaja en equipo con ella. Yo, si hubiese visto esto de niño, me hubiese emocionado mucho. Otro crío, en este caso una niña, que se hace amigo de un águila desde que son pequeños y se van por ahí, por unos paisajes inigualables, a cazar montados a caballo. Yo, repito, me hubiese flipado cosa mala. Aparte, el aguilucho, es muy tierno al principio y pía de una manera que entran ganas de estrujarlo.

 

Fuente: valenciaplaza.es

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